LA PENYA

EQUINOCCIO





En el mismo instante que despertó supo que su vida había cambiado. Creyó sentirse feliz, pero no podía estar seguro. Hacía tiempo que no tenía una sensación parecida, quizás no la tuvo nunca. Aparentemente todo estaba como siempre: la ropa que había llevado el día anterior, cuidadosamente doblada, sobre la silla destinada para tal fin situada justo a la derecha de la cómoda; las zapatillas debajo de la cama; reloj, anillo y pulsera dentro de la caja de madera noble que estaba en el rincón izquierdo de la mesilla derecha, en el mismo lado donde él había dormido siempre; la ventana cerrada a cal y canto, en pleno mes de junio, cuando las noches empiezan a ser calurosas y los amaneceres frescos y tonificantes resultan tan gratificantes y la maldita ventana cerrada, con la persiana hasta abajo, sin el menor resquicio para dar entrada a un poco de aire y las sábanas oliendo a sudor. Se dirigió al cuarto de baño, arrastrando los pies y rascándose las nalgas con desgana y apatía, con una somnolencia no física, más bien mental y un estado de ánimo cercano al encefalograma plano. Se miró en el espejo y vio la cara de un tipo anodino y cansado, con poco pelo y abundantes adiposidades abdominales; frente arrugada, ojos sin vida, barba canosa; el vivo retrato de su padre cuando tenía su edad y él era un crío. Cuando era un adolescente. Cuando había motivos para levantarse por la mañana. Cuando todo era nuevo. Ahora era un viejo. Pero la vejez no llega de un día para otro, así, de repente; es un proceso lento, inexorable, implacable, voraz y veraz que se apodera de ti cuando aún crees estar lejos de esa etapa vital. Dúchate, péinate, afeítate. Saca la lengua delante del espejo. ¿Por qué, justo hoy, es consciente del paso del tiempo? En verdad siempre ha sido consciente del paso del tiempo, lo que ocurre ese día es que se da cuenta de como le ha afectado. Quizás porque todo es igual, pero no lo es. Parece igual pero es diferente. Vuelve esa sensación de euforia contenida, de alegría, de felicidad. Es un instante breve, un momento casi imperceptible, un nanosegundo; una punzada en el estómago, mariposas en el esófago, cosquillas en el intestino grueso. Entró en la cocina para prepararse el desayuno. Iba a abrir el precinto del jamón cocido sin sal, a sacar unas galletas integrales del recipiente dónde se guardan las galletas integrales, a beber leche semidesnatada con café descafeinado, pero se detuvo en el último instante. ¿Qué estás haciendo? En la cocina no había nadie más, así que la pregunta iba dirigida a él mismo. Su vida había cambiado por completo y él seguía como si tal cosa: guardando su anillo, reloj y pulsera dentro de esa caja asquerosa, durmiendo con la ventana cerrada, sudando como un cerdo, doblando la ropa antes de acostarse y comiendo esa basura dirigida a desgraciados obsesionados con la comida sana y vomitiva. Salió de la cocina y fue hacia el salón; seleccionó un CD y lo puso a todo volumen. Empezó a bailar en medio de la estancia, pero como ésta era pequeña se desplazó hacia el comedor primero, para después llegar al recibidor, abrir la puerta y salir a la escalera, bajar hasta el garaje y, finalmente, subir de nuevo hasta su piso. Danzaba alegremente, vestido tan sólo con camiseta imperio amarilla con manchas blancas y slip blanco con mancha amarillenta, con alpargatas marrones a cuadros, sin pensar en lo que estaba haciendo, sin sentir ningún tipo de vergüenza por ese espectáculo bochornoso que ofrecía a unos sorprendidos vecinos. De nuevo en su piso empezó a saltar sobre el sofá polipiel, siguiendo el ritmo de Rosendo y sus maneras de vivir. Ahora se sentía realmente libre, sin ataduras, sin compromisos estúpidos y sin limitaciones. Había recuperado su condición de ser humano. Se sentó, resollando. Y aún así le apetecía fumarse un pitillo, pero no tenía. En los últimos años había fumado a escondidas, pidiendo tabaco a compañeros y amigos, a madres en la puerta de los colegios, a curas en la puerta de las iglesias, a militares apoyados en sus carros de combate, a putas en plena felación y a cualquiera que encontrara por la calle. Nunca llevaba una cajetilla encima, era demasiado arriesgado. En una ocasión tuvo la idea de entrar en un estanco y comprarse un paquete de tabaco rubio americano Philips Morris. Se fumó un cigarrillo y el resto lo dejó olvidado en el fondo del bolsillo de su abrigo. A la mañana siguiente, con el tiempo justo y a toda prisa, salió corriendo hacia el trabajo, dejando su abrigo colgado en el armario. Pocos minutos después regresó a por él, justo en el momento que iba ser llevado a la tintorería. Un poco más y hubiera sido descubierto. No volvió a repetir tal temeridad. Después de su dosis de nicotina se ponía en la boca un caramelo de eucalipto mentolado (de eso si llevaba siempre un paquete encima) y se aseguraba que su aliento pasara de ser un cenicero sucio y repleto de colillas a un paraje verde y boscoso con un suave aroma de plantas aromáticas envuelto de un frescor salvaje. Descansó, sentado en el sofá. No recordaba lo cansado que era bailar. Hacía tiempo que no bailaba. Quizás nunca lo había hecho. Ni de pequeño, cuando iba a la escuela y los profesores preparaban esas obras teatrales infantiles con complicadas coreografías, dirigidas a padres y madres dispuestos a reconocer en sus retoños verdaderas dotes artísticas. Él no participaba. No le gustaba. Después de mucho insistir, los profesores le convencían de que hiciera un pequeño papel en la obra, pero después de unos ensayos ellos mismos le aconsejaban que lo dejara para otra ocasión, para otro año, cuando el chaval consiguiera seguir un compás sin parecer un oso en estado de hibernación. Nunca entendió a sus profesores, ni a sus padres, ni a los adultos en general. Cuando llegó a la edad de poder entrar en las discotecas sin que le pidieran el carné, le gustaba quedarse apoyado en la barra, tomando una copa, observando a todos esos tarados realizando movimientos espasmódicos. Las chicas eran otra cosa. Ellas si saben bailar. Y las que no saben consiguen mover pechos y caderas de tal forma, aún sin ritmo, que le ponen caliente. Le ponían. Observando y sorbiendo su destornillador o su raf o su lugumba ( bebidas las cuales no soportaba, pero seguía tomando por no parecer un outsider) y fumando ducados internacional, buscaba, seleccionaba y escogía a su presa. Entonces se acercaba a ella y conseguía atraer su atención. Normalmente se trataba de la más fea. De hecho eran las que más le gustaban. Sabía o intuía que las más guapas se iban con otro tipo de chicos, diferentes a él, e inconscientemente su cerebro había desarrollado un sistema de supervivencia ligotera. Así que tenía éxito con las mujeres. La cuestión era saber adaptarse. En el instituto había conseguido algo parecido. Se conformaba con aprobados justos, en ser un alumno mediocre que conseguía pasar de curso (curiosamente a sus padres también les parecía bien, debían de ser conscientes del nivel que podía dar su hijo) Después de mucho esfuerzo consiguió acceder a la universidad. Con su nota media no tuvo muchas opciones, así que empezó la carrera de ingeniería agrónoma. Antes de acabar el primer año se dio cuenta que estaba perdiendo el tiempo. Quiso empezar una nueva carrera. Le gustaba el ambiente universitario, ir y venir en tren hasta la Autónoma, relacionarse con gente que probablemente al año siguiente ya no vería, las juergas de los jueves noche. Fiestas de alegría y borrachera que terminaban cuando salía el sol, comiendo chocolate con churros, mientras la mayoría de los mortales se apresuraban a llegar puntuales a su lugar de trabajo. Infelices, pensaba él entonces, creyendo que estaba a salvo de semejante destino. Qué tiempos aquellos. Pero sus padres no estaban dispuestos a mantener a un haragán (así le llamaba su padre, un hombre gris con un trabajo gris que no se permitía nunca pasarse del presupuesto miserable que él mismo se había impuesto) Y su madre le daba la razón. Probablemente no tuvieron más hijos para reducir gastos. Insistió en empezar una nueva carrera: filosofía. Había conocido ( bíblicamente hablando) a una chica, Sofía, la cual le introdujo en el tema: le habló de Descartes, Hobbes, Kierkegaard y Sartre. Se sintió abrumado por tanta información relevante y contradictoria. Quería conocer a fondo ese mundo y seguir sacándole las bragas a Sofía. Su padre fue inflexible: o se ganaba la vida con el sudor de sus sobacos o se iba a la calle. Poco después empezó a trabajar. Encontró una ocupación de vigilante, su labor consistía en impedir que nadie pisara un campo de centeno. Era un trabajo aburrido y mal pagado, pero no suponía esfuerzo alguno, así que se resignó a su nuevo estado de proletario. Meses después conoció a una mujer, diez años mayor que él, que le introdujo en el partido comunista y él, consciente de todo, se supo miembro introducido. Evidentemente esa situación era temporal, tenía grandes planes para su futuro, su objetivo era ser empresario. No sabía ni como ni cuándo ni de qué, pero lo que tenía claro era que triunfaría en lo que se propusiera y acabaría siendo rico, millonario. Viviría en un ático con vistas al mar y conduciría coches de lujo. No fue así. Después de realizar ocupaciones tan diversas cómo camarero, payaso de MacDonald's, ayudante de mago y vendedor de máquinas de escribir automáticas justo en el momento que irrumpía con fuerza la informática, encontró el trabajo que sería definitivo: conserje en un periódico local. No ganaba mucho y las tareas eran básicamente de criado: se ocupaba del correo, limpiar y servir cafés. Pero lo bueno de ese trabajo era que le ofrecía, pensaba él, la posibilidad de colocarse en la redacción y ejercer de periodista y, una vez obtuviera la experiencia necesaria, poder ir a un periódico de ámbito estatal. E incluso, si jugaba bien sus cartas y aprovechaba las oportunidades, podría llegar a ser un reportero free-lance y viajar por todo el mundo: de Madagascar a las islas Azores y de Laponia a La Tierra de Fuego. Pero el tiempo pasó y él continuó en su puesto de conserje, limpiando, sirviendo café y realizando recados absurdos. Ahora, sentado en el sofá, pensaba en un buen desayuno, un desayuno de verdad. Se vistió y fue hasta el supermercado regentado por un matrimonio formado por un paquistaní y una afgana. Compró todo tipo de alimentos ricos en colesterol, azúcares y grasas saturadas. Compró tabaco. De nuevo en su cocina, ahora totalmente suya, se preparó un ágape pantagruélico : huevos fritos con bacón, chorizo ibérico, jamón de bellota, pan blanco untado con tomate, aceite de oliva y una pizca de sal, café auténtico y todo ello regado con un Vega Sicília, cabernet sauvignon y marlot, cosecha del 92, excelente, según le informó el paquistaní. Preparas la mesa. Placer para los sentidos, para el del gusto, concretamente. No comes, devoras; a través de las papilas gustativas intentas resarcirte de una mediocridad que trasciende a la mesa, pero no importa. Enciendes la televisión. En la pantalla un joven sudoroso con una pequeña mochila atraviesa un bosque mientras cuenta lo peligroso que sería que le sorprendiera la noche sin estar preparado, así que improvisa una guarida con unas ramas y hojas tamaño XXL, arranca la corteza de un viejo tronco y se come las hormigas de cabeza roja que halla debajo y, cortando una liana con su enorme machete, sorbe el agua que ésta deja caer. Que estupidez, antes los documentales eran más serios, más rigurosos, con esa voz en off que iba contando lo que salía en pantalla, sin necesidad de poner un muñeco ridículo de protagonista. Embriagado por el vino, discute consigo mismo en voz alta, indignado por la regresión sufrida por la televisión en los últimos años. Otra copa más, el vino hace sangre, decía su padre. Cuando empezó el trabajo de conserje dejó el hogar de sus progenitores, donde había vivido siempre y, a sus treinta años, alquiló un piso pequeño, barato y no muy bonito, en el extremo este de la ciudad, frente a la autopista. Dejó que pasaran los años sin aportar nada a su vida aburrida y ordenada, viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos y todo cambiaba a su alrededor. Murieron sus padres; muchos de sus amigos se casaron y tuvieron hijos, hecho que provocó cierto distanciamiento; el barrio se fue transformando, se derribaron edificios antiguos y se construyeron nuevos, con sus parques y equipamientos municipales, encareciendo notablemente el valor catastral de la zona y, por tanto, el alquiler; sus ingresos no le permitían demasiadas alegrías como antaño, cada vez salía menos y ya no se relacionaba con nadie. Llegado a este punto, viendo cercana la madurez, se planteó la posibilidad de casarse. Al fin y al cabo era lo que hacía todo el mundo. Llegar a los cuarenta soltero daba mala fama, nadie se fiaba de un tipo así, no era normal, algo raro le pasa al chico, decían. Y en ese momento apareció Gloria. Era joven, guapa, rubia e inteligente. Entró a trabajar en el periódico, para encargarse de la sección de deportes y la de sucesos. Según ella ambos temas tenían relación: todo el mundo se interesa por el equipo de su ciudad y por los asesinatos sangrientos. Gloria, a su vez, se interesó por el conserje nada más conocerle, y éste se sintió atraído por los enormes pechos de la chica nueva nada más verla. Un día quedaron para cenar, otro para ir al cine, una semana después fueron al teatro (se estrenaba una obra sin ningún tipo de interés, pero a Gloria le pareció un espectáculo genial, imprescindible, de alto nivel, con un plantel de actores excelente y dirección magistral). Un mes después desayunaban juntos. Desde el principió la chica se mostró posesiva, con gran personalidad y carácter fuerte. Él asumió esos rasgos como algo positivo y dejó que Gloria dirigiera su vida. No es que le pareciera bien, pero supuso que debía de aceptarlo como algo natural, como una especie de peaje que había de pagar inevitablemente, un impuesto revolucionario, unos intereses abusivos. Por otro lado había estado solo toda su vida, no tenía experiencia conyugal. Probablemente él era un tipo raro y taciturno y ella una persona acostumbrada a la vida de pareja. Se había separado poco antes de conocerse. Había estado casada durante ocho años con un caporal de la Guardia Civil veinte años mayor que ella. Decidieron ir a vivir juntos ( ella lo decidió ), sin papeles, sin compromisos, sin avales de ningún tipo, cómo hacían antiguamente los hipíes en los años setenta. Eligieron un piso de alquiler en la zona centro, cerca del periódico; sus dos sueldos se lo permitían. Decidieron que no tendrían hijos ( ella lo decidió ) y en ese preciso instante él dejó de ser un hombre, un ser humano, un individuo, para pasar a ser un apéndice de Gloria. Ésta era una persona sumamente ordenada y obsesiva; antes de acostarse dejaba la ropa bien doblada en una silla destinada para ello, había de guardarse todo en un espacio previamente acordado; los muebles tenían que estar en su lugar, cada silla en su sitio, la mesa bien centrada, la cama y las mesillas situadas milimétricamente equidistantes; libros, discos, platos, vasos, trapos de cocina, botellas, todo, absolutamente todo tenía su rincón preciso. Obviamente, en el tema de la limpieza guardaba los mismos parámetros. Había unas reglas inalterables: los horarios de entrada y salida, las tareas del hogar, el rato de lectura, el momento de la televisión, el día del cine o teatro, e incluso la hora del polvo. Ahí me refiero al sexo. La música nunca demasiado alta, la ventana siempre cerrada por la noche, jamás alcohol ni tabaco. Dieta equilibrada. Y así pasaron los años. Cuando quiso darse cuenta ya era demasiado tarde. Lo encajó estoicamente. Algunos de sus amigos- de él- se habían separado. Algunas de sus amigas- de ambos- se le habían insinuado, pero era incapaz de cometer adulterio ni de separarse. Se había instalado en el pozo sin fondo de una existencia impuesta por él mismo sin pararse a pensar en la cantidad de mundos paralelos que habitan en la galaxia, más allá de Orión. Los diez años de vida en común tuvieron dos etapas bien diferenciadas: una primera en la que todo fue sencillo, sin problemas, plácido. Una segunda dónde todo se complicó, Gloria encontró un nuevo trabajo cómo redactora política en un periódico de cierta relevancia, empezó a ganar más que él, se le subieron los humos, se mostraba más dominante si cabe, engordó, se volvió fea y caprichosa, era insoportable. En realidad nada de eso había ocurrido, era tan sólo cuestión de percepción. El sábado por la noche, cuando tocaba sexo, era un suplicio. No la soportaba, odiaba su olor, su piel, su cara, su culo y, sobre todo, su entrepierna, era repugnante. Aún así, prefería cumplir con su obligación. En caso contrario le esperaba una semana terrible, llena de reproches y de malhumores. Cuando hacía el amor con ella pensaba en otras chicas, mujeres que había visto en televisión o por la calle, en cantantes, actrices, modelos o políticas. Al llegar a casa el viernes por la noche, después de salir del trabajo, se extrañó de no encontrarla en el piso. A esa hora siempre estaba. Fue directamente a su habitación, cómo de costumbre, para colgar el abrigo en el armario. Después se dirigió a la cocina y cogió un zumo de frutas de la nevera y fue hacia el salón. Se sentó en el sofá y empezó a sorber el zumo, sin ganas. Entonces vio el papel encima de la mesa-revistero. Era una nota. Una nota de despedida. Una nota de despedida de Gloria. En ella decía que el amor y la paciencia se habían acabado, que ya no soportaba su cara de amargado y sus silencios, su falta de ambición y su desprecio, que había conocido a un chico (más joven) y se habían enamorado y se iban a vivir juntos, lejos de allí, y que ya no la vería nunca más. P.D. Podía quedarse con todas las cosas del piso. Se quedó mirando la nota, perplejo, releyéndola una y otra vez, sujetando el papel con manos temblorosas. Una gota de sudor frío se deslizó por su mejilla. No podía ser cierto. Gloria se había ido. Por fin. Sus sueños se habían cumplido. Era, de nuevo, un hombre libre. Nunca se hubiera atrevido a separarse, pero de un tiempo a esta parte, fantaseaba a menudo con el hecho de que ella lo dejara, se fuera, desapareciera sin dejar rastro. Y había ocurrido. Leyó la nota una y otra vez, para asegurarse que la había interpretado correctamente. Era lo mismo que hubiera hecho si tuviera en las manos un boleto de la loto y estuviera comprobando que, efectivamente, coincidía con la combinación ganadora. No cenó, no tenía hambre, estaba demasiado excitado. Sonó el teléfono. Temió que fuera ella y que le dijera que se había arrepentido y que volvía a casa. Pero no era Gloria. Era una operadora telefónica que le ofrecía un magnífico producto... Colgó. Se acostó pero no podía dormir. Su cabeza estaba en estado de ebullición, pensaba deprisa y pasaba de una cosa a otra, sin orden ni sentido, disperso, enloquecido. Se durmió ya de madrugada. Cuando se despertó por la mañana se sintió diferente, alegre, feliz, hacía tiempo que no tenía una sensación parecida, quizás no la tuvo nunca. Apuró la botella de vino y encendió un cigarrillo. La estancia se llenó de humo. Ahora, sólo con su sueldo, tendría problemas para cubrir todos los gastos. No importaba. Tenía unos ahorros y siempre podía buscarse un piso más barato. Podía hacer todo lo que quisiera. Era un hombre maduro, con experiencia, estaba en disposición de sacar partido de su nueva soltería. Se le abría un mundo de posibilidades ilimitadas. Para empezar aprovecharía el fin de semana. Saldría a dar un paseo, sin rumbo fijo. Caminaría por la ciudad, sintiendo el sol a sus espaldas, atravesaría calles y plazas, deambularía por paseos y avenidas, se detendría delante de escaparates de tiendas de ropa, zapaterías, muebles y decoración; entraría en librerías, hojearía las novedades literarias, escucharía música en los bazares, preguntaría precios en los grandes almacenes, probaría ordenadores en las tiendas de informática y sonreiría a las dependientas. Admiraría detenidamente los numerosos edificios modernistas de la ciudad, se adentraría por el barrio gótico, visitaría museos y galerías. Después, más tarde, a la hora del almuerzo buscaría un restaurante a donde ir: una pizzería o un chino o un japonés o un self-service. No, mejor una hamburguesería: pediría una doble con queso con todo tipo de salsas, patatas fritas y una jarra de cerveza de medio. No, de litro. Por la tarde podría echar una siesta. Hacía años que no lo hacía, quizás nunca lo había hecho. Podría dormir con la ventana abierta, notando la brisa en su rostro, escuchando el ruido de fondo que ofrece una gran ciudad a media tarde: coches, gritos, niños jugando, conversaciones de adultos, parejas riendo, tríos retozando, mientras él dormitaría plácidamente echado sobre la cama, desnudo, con la ropa tirada por el suelo de cualquier manera. Alguien dijo alguna vez que las ciudades tienen alma y las calles vida propia. Quizás absorben la energía de sus gentes, quizás sean sus gentes las que toman el espíritu de la urbe. A media tarde saldría de nuevo, se sentaría en esa terraza confluencia Valencia-Diagonal-Nápoles. Siempre le gustó esa esquina, tan espaciosa, situada en lugar estratégico. Desde allí parece que se pueda dominar todo el centro del ensanche. A Gloria no le gustaba, decía que era un lugar ruidoso y el servicio era horrible. Lo que pasaba era que tenía celos de una camarera brasileña de formas contundentes y simpatía carioca. La última vez que se sentó en esa terraza, una par de años atrás, la chica ya no estaba. En su lugar había un chico, también brasileño y simpático, pero no era lo mismo. Tomaría un gin-tonic de Bombay Saphire. No, dos. Se fumaría un paquete entero de tabaco rubio americano Philips Morris. Llamaría a sus amigos. Hacía tiempo que no se veían, pero sabía que al menos dos de ellos se habían separado. Se pondría en contacto con éstos y recuperaría una amistad que nunca hubo de perderse. La gente que se reencuentra después de tantos años, después de haber vivido todo tipo de experiencias y de haber madurado, consigue una complicidad que no tuvieron de jóvenes. Lo sabía porque se lo habían contado. O quizás lo leyó en algún sitio. Lectura. Ahora podría leer sin que Gloria le interrumpiese por cualquier tontería, cómo ir de compras, actividad que les ocupaba toda la tarde del sábado, colgar una estantería o cambiar un enchufe. El último libro que había leído, era El libro del ajedrez, de Zweig, una novela corta, de poco más de cien páginas y que le llevó casi dos meses leerla. No había forma de completar una página sin ser interrumpido. Iría a la biblioteca y sacaría en préstamo varios volúmenes: Guerra y Paz, Los Miserables, Ilusiones perdidas y la trilogía de Marías, Tu rostro mañana. Por la noche saldría con sus nuevos-viejos amigos a cenar y a tomar unas copas y a emborracharse y a conocer mujeres. Mujeres. Por fin podría desprenderse del regusto amargo que le dejó Gloria y probar nuevos y deliciosos frutos. Pensaba en la nueva becaria que había entrado hacía poco en el periódico. Paz, se llamaba. No era muy guapa, pero siempre llevaba unas faldas muy cortas que dejaban al aire unas bonitas piernas. Y era muy simpática. Y siempre le sonreía. Quería algo, de eso no había duda. La invitaría a unas copas y comprobaría si aún estaba en forma, si no había perdido la capacidad de seducción, si es que alguna vez la había tenido. Después estaba Esperanza, la vecina del segundo primera. Era una mujer estupenda, cerca de la cuarentena, con un cuerpo esculpido a base de años de aeróbic y separada. Iría a visitarla a su casa, al día siguiente, domingo al mediodía, Le pediría cualquier cosa, sal, pimienta, aceite, tomates o perejil, no importa. Le contaría cual es su nueva situación. Sí, separado, ella se fue y me dejó, un drama humano. Y con un tipo más joven, mucho más joven, un chaval, de esos que llevan tatuajes, conducen a lo loco y ponen la música a tope. Las mujeres de hoy en día prefieren a muchachos imberbes, pueden dominarlos a placer y tienen carne fresca. No, ya sé, tú prefieres a los hombres con experiencia, hechos, curtidos, que te aporten algo. Podemos quedar un día, sí, hoy mismo, para cenar. No, no hace falta que te pongas ningún vestido, bastará con un sujetador y un tanga y unos zapatos con esos taconazos que sueles llevar. Puedes subirte un bote de nata montada. Abrió los ojos, todo le daba vueltas. Demasiado vino, no estaba acostumbrado a beber tanto. Demasiada excitación, su cabeza no estaba preparada para recibir tantos estímulos. Apagó el televisor. Se dejó caer en el sofá, necesitaba un tiempo para recuperarse. El sol ocupaba con fuerza el salón. Hacía calor. Se acercaba San Juan, la verbena, petardos, fuego, la fiesta del solsticio de verano. Una de las celebraciones más antiguas de la humanidad. El día más largo del año. En cambio el equinoccio no es motivo de celebración. Al menos no ahora. El equinoccio se da cuando el sol se sitúa sobre el ecuador y los días son iguales a las noches. Durmió durante unos minutos. Cuando despertó encendió un cigarrillo. Y allí se quedó, sentado en el sofá, con la mirada extraviada y la mente en blanco. Y así pasaron los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años. Al fin y al cabo, ¿ qué diferencia existe entre un instante y un millón de años?.