LA PENYA

LA HUIDA




Por quinta vez consecutiva intenté encender el calentador y por quinta vez la llama azulada del piloto se negó a mantenerse en su sitio, a pesar de mis amenazas y furiosos juramentos, aprendidos durante mi infancia, cuando escuchaba a mi padre lanzar todo tipo de imprecaciones dirigidas a algún ser superior, ya que cuando estaba en ese lance acostumbraba a alzar la vista y gritarle al techo. Diez minutos más tarde y con los dedos chamuscados, entendí que no había nada que hacer, tan sólo llamar a la casa distribuidora del aparato en cuestión, con la sana intención de que me enviaran a un técnico especialista con experiencia en el trato de llamas azuladas rebeldes. Tardarían tres días, cuatro a lo sumo, en recorrer los escasos dos kilómetros que separaban mi casa, sita en pleno ensanche barcelonés, del taller en el barrio del Clot. En ese momento, soltero y libre como un pájaro, vivía en un piso de alquiler en la calle Mallorca: pequeño, barato y con unas instalaciones que no habían conocido reparación en los treinta años de existencia. Y por si eso fuera poco, justo encima de mi piso, vivían unas chicas ruidosas que impedían mi descanso a base de fiestas y movidas varias. Aunque estábamos en pleno mes de mayo y ese en concreto especialmente caluroso y poco lluvioso, yo era, soy, incapaz de ducharme con agua fría ni en país tropical a cuarenta grados a la sombra. Escogí la olla más grande que tenía- de hecho la única- y la llené de agua y la calenté. Tardaron una semana en dar señales de vida. Se presentó, el técnico, a través del interfono y cuando abrí la puerta dispuesto a enmendarle la plana al sujeto, enmudecí nada más verle. Delante mió apareció un tipo calvo enfundado en el mono azul reglamentario, medía unos dos metros de altura, poseía espaldas de nadador y con la mano abierta podría abarcar todo el ancho de la puerta. A pesar de su temible aspecto, sus ojos azules y su amplia sonrisa denotaban cierta bonhomía. Le indiqué el camino hacia el patio, donde se encontraba mi calentador subversivo y le conté qué sucedía. Abrió la caja de herramientas, desmontó el aparato y encontró el problema al instante: era necesario cambiar la pieza- me dijo cuál era pero ya no me acuerdo- que hace posible que la llama se mantenga encendida en el piloto. Bajó a buscar lo que precisaba en su furgoneta y volvió a los pocos minutos. Una semana esperando y en breve el problema estaría solucionado. Es frecuente en estos casos que una avería mínima comporte un dispendio de tiempo y dinero superior a lo que sería aceptable. Me gustaría ser más mañoso y poder realizar este tipo de trabajo yo mismo, pero no es posible; no tengo condiciones para ello. Dejé al especialista en su tarea y me fui a la cocina a prepararme un café, todavía no había desayunado. Poco después oí un ruido, un golpe seco. Provenía del patio, donde estaba el hombre trabajando. No se trataba de un ruido normal en esos casos, como el de una herramienta contra el suelo o el de un martillo golpeando algún objeto; era un estrépito que denotaba señal de alarma; algo estaba fuera de sitio, alguna cosa no marchaba como era debido. Los seres humanos hemos perdido cierta agudeza en los sentidos con respecto a los que poseen los animales, pero aún conservamos en nuestra herencia genética algún rasgo de nuestros ancestros. No sabemos por qué pero en algunos momentos un ruido o un silencio destacan sobre otro ruido u otro silencio. Salí al patio y me lo encontré en el suelo. El hombre estaba inmóvil, con el cuerpo ladeado y una de sus manos mantenía agarrado un destornillador. Lo primero que pensé es que estaba muerto. Miré el calentador, por si había estallado y era la causa de la desgracia, pero el aparato estaba intacto. Pensé en un infarto, el sujeto debía rondar los cincuenta, la edad propicia para una dolencia de ese tipo. Desde mi posición no podía verle el rostro, así que me acerqué al cuerpo y me arrodillé para certificar su muerte, pero en el mismo instante que mi cara se había situado a escasos centímetros de la suya, abrió los ojos y, de un salto, se incorporó como si tal cosa. Su cuerpo tenía el volumen de un hipopótamo, pero poseía la agilidad de una gacela. Me sorprendió tal rapidez, me asusté y caí hacia atrás. El hombre, con sonora carcajada, me tendió la mano y me ayudó a incorporarme. Llegué a creer que se trataba de una broma estúpida de un tipo raro; quizá el gigante era un psicópata disfrazado de técnico; aún conservaba el destornillador en la mano derecha. Si era así mi integridad física corría un serio peligro. El hombre dejó la herramienta en el suelo y se apoyó en la pared: la palidez del rostro evidenciaba que su desmayo había sido cosa seria. Me contó que sufría de pequeñas lipotimias sin importancia desde que era muy joven, algo relacionado con la tensión baja. Hacía tiempo que decidió no medicarse y aunque los ataques no eran muy frecuentes- el último lo había sufrido tres años atrás - había tomado la precaución de no conducir ni subir a un andamio. No había forma de saber cuándo podría sufrir un desmayo: le sucedía cuando estaba nervioso o cansado o enfadado, pero también en estado de reposo, tranquilo y feliz; incluso en una ocasión le ocurrió cuando estaba haciendo el amor. Insistió en volver al trabajo, pero yo, lógicamente, no se lo permití. Nos dirigimos hacia el comedor. Le ofrecí un café y una copa de coñac, nada de brebajes baratos, algo bueno, un Martell, le iría bien para subirle la tensión. Sus mejillas volvieron a tomar color. Charlamos. Se llamaba Ernst y era de origen alemán. De Alemania del Este, concretamente. Llevaba veinticinco años viviendo en Barcelona; su acento alemán había desaparecido por completo. Cuando me contó que se había escapado cruzando el muro, de joven, en plena guerra fría y en época de espías que venían del frío, me interesé por su historia y no cedí hasta que no me la contó. Me gustan las biografías de vidas atormentadas, de gente que ha pasado por experiencias difíciles y que ha tenido que superar todo tipo de adversidades. Me serví una copa y llené la suya. Desapareció la sonrisa de su rostro y sus ojos se entristecieron. Frunció el ceño y empezó a hablar.

-" Nací en Berlín hace cuarenta y siete años. No recuerdo la cara de mi padre: la Stasi- la policía política del régimen- se lo llevó detenido y lo ejecutó de un disparo en la nuca cuando yo era muy pequeño. No sé por qué lo mataron. Ellos no necesitaban muchas razones para eliminar a quien no les gustaba. Recuerdo muy bien la cara de mi madre: tenía siempre la mirada triste y el rostro envejecido prematuramente. Nadie quería darle trabajo. A la mujer de un enemigo del pueblo se la trataba como una apestada. Sobrevivimos gracias a un primo de mi padre y a algunos vecinos de buen corazón. A los catorce años dejé la escuela y me puse a trabajar de mecánico, un año después murió mi madre. Supongo que aguantó hasta que vio que yo podría arreglármelas por mí mismo. Yo no era feliz, quería largarme de ese país que tanto daño me había hecho. Empecé a relacionarme con disidentes y con gente que perseguía el mismo objetivo que yo: saltar el muro. Era un joven valiente y decidido pero sin ninguna experiencia y actuaba temerariamente; la Stasi estuvo cerca de echarme el guante varias veces. Conocí a compañeros que me enseñaron a moverme con inteligencia y a ser paciente. Debía esperar mi momento. Y al final llegó. Me puse en contacto con un tipo de Cattbus, una población cercana a Berlín. Se llamaba Georg Michael y había estado en prisión en tres ocasiones. No le faltaba experiencia al muchacho. Tenía veintiocho años, seis más que yo. Esta vez estaba dispuesto a conseguir su propósito. Los dos lo conseguiríamos. Lo hicimos la noche del 16 de mayo de 1972. Cruzamos el telón de acero. Al cabo de dos días nos separamos. Yo disponía de poco dinero, pero eso no me asustaba; era bueno trabajando con las manos, podría sobrevivir allá donde fuera. Crucé la frontera francesa y estuve recorriendo el norte del país durante un par de semanas. Cuando se me acabó el dinero me dirigí a París y estuve viviendo como un clochard durante una semana. Pensé en pedir asilo político; algunos científicos o deportistas se habían acogido a ese derecho. Mi caso era diferente; no era más que un pobre diablo perdido en una gran ciudad, no tenía ninguna garantía que aceptaran mi petición. Decidí ganarme la vida honradamente, ya sabe, con el sudor de la frente y todo eso, habría algún trabajo en alguna parte que yo podría hacer. No tarde mucho en encontrarlo: un taller mecánico cerca de La Bastilla. El propietario no hacía preguntas, le bastaba con que yo hiciera bien mi trabajo. Alquilé una buhardilla en Montparnasse e hice algunos amigos y conocí a algunas chicas. Durante los seis meses siguientes todo fue bien. Pensé en instalarme en la capital francesa definitivamente. Pero entonces aparecieron los problemas: mi situación ilegal en el país hizo que la policía francesa empezara a investigarme. Tuve que largarme. Me dirigí hacia el sur. Casualmente, en Perpiñán, me reencontré con George Michael. No me contó nada de lo que hizo durante todos esos meses, era un tipo muy reservado. Sólo me dijo que tenía la intención de ir a España. Me uní a él. Pasamos la frontera por Portbou. No recuerdo la fecha exacta: era a mediados de diciembre y hacía frío. Un tren que seguía la costa nos llevó hasta Tarragona; no sé si Georg tenía un plan establecido o llegamos hasta ahí de forma casual. A veces se mostraba seguro de lo que hacía, pero otras parecía totalmente perdido. La noche siguiente llegamos hasta una urbanización, Georg tenía la intención de asaltar uno de los chalets. Según él, era propiedad de un vinicultor alemán. Me pidió que me quedara fuera vigilando. No me gustaba todo aquello, pero no me dio opción. Antes que me diera cuenta, ya había saltado la verja y se disponía a entrar en la casa. Esperé. Estaba algo asustado. De repente abrí los ojos y estaba en el suelo. Me levanté algo mareado. Esa fue la segunda vez que sufrí un desmayo. La primera se produjo el día que me disponía a declararme a una vecinita, a los quince años. En ambas ocasiones estaba algo nervioso, así que achaqué el problema al estado de ánimo provocado por un factor externo. Años después me di cuenta de que no era así. No sabía el tiempo que había estado sin sentido y temí que Georg me hubiera dejado tirado. Minutos después lo vi. saltar la verja con una escopeta en la mano. Nos largamos a toda prisa. Pasamos la noche escondidos en una vieja casa abandonada, cerca de la playa. Pasé frío y hambre. A la mañana siguiente decidí dejar a Georg e ir por libre; ese tipo era una bomba de relojería ambulante. Me despedí de él y le deseé suerte. Le haría falta. España. Para mí era un paraíso: buen tiempo y ni rastro de comunistas. Pero estábamos en pleno invierno y bajo un régimen fascista. Tomé un tren hacia Barcelona. Allí conocí a gente interesante: estudiantes de izquierda anti-franquistas. Me echaron una mano: me cedieron una habitación y me consiguieron un trabajo. Había huido de mi país para librarme de los comunistas y fueron éstos quienes me ayudaron a sobrevivir en un entorno hostil. Me advirtieron que me mantuviera alejado de la brigada politico-social y de la Guardia Civil. Los comunistas que conocí en España no tenían nada en común con los de mi país, aunque ellos mismos no eran conscientes de la diferencia. En cambio, poca era la distancia que había entre los regímenes de ambos estados. Obtuve, gracias a mis contactos, el permiso de residencia; la nacionalidad me costaría algunos años y mucho papeleo. Pero eso fue después, mucho más tarde. Cuando hacía un año que había llegado a España, la policía me acusó de colaboración con banda armada y me detuvieron. Evidentemente, yo no tenía nada que ver con eso, pero uno de los estudiantes que yo conocía se había relacionado, sin saberlo, con un etarra; cayó todo el grupo. Las autoridades estaban alerta, pocos días antes habían hecho volar por los aires a Carrero Blanco. En la comisaría me dieron de hostias hasta que les dolió la mano; yo esperaba recibir un disparo en la nuca en cualquier momento, pero, como puede ver, eso no sucedió. Estuve preso en la Modelo durante seis meses y, finalmente, me dejaron en libertad. Una vez en la calle me propuse encontrar un empleo de mecánico, ganar dinero y evitar complicaciones. Conseguí un trabajo en un taller de la casa Vespa; alquilé un piso económico en el barrio de Gracia y pude gozar de cierta estabilidad. En esos tiempos era frecuente hacer horas extras y trabajar los domingos por la mañana. Uno de esos domingos que me encontraba solo en el taller, empecé a leer, a la hora del desayuno, un periódico viejo que alguien había dejado olvidado. Era el Caso. Ya sabe, noticias de asesinatos y muertes violentas. En la portada había la foto de dos hombres: uno era Puig-Antic, el chico que formaba parte de un grupo anarquista llamado MIL y que había sido ejecutado por matar a un policía; el otro se llamaba Heinz Chez y era polaco. Había algo en él que me resultaba familiar. A pesar del aspecto siniestro que le confería el pelo largo y descuidado y una poblada barba, no tardé en reconocerlo; sus ojos eran inconfundibles, su mirada entre triste y asustada no dejaba lugar a dudas: era Georg Michael. Los dos habían sido ejecutados con el garrote vil. Fueron los últimos en morir con ese sistema salvaje, digno de la época medieval; el primero en Barcelona y el segundo en Tarragona, con diez minutos de diferencia. Pero, ¿de dónde había salido el nombre de Heinz Chez? En su pasaporte falso no constaba tal nombre ni la mencionada nacionalidad. Supongo que se inventó una identidad sobre la marcha. Leí la noticia con atención: le detuvieron en la estación de tren de Ametlla de mar, pocos días después de matar a un Guardia Civil en un bar. de una urbanización llamada Cala de Oca, en una población tarraconense. Disparó contra el guardia con una escopeta de caza, sin motivo aparente. Se quedó con su arma reglamentaria, se deshizo de la escopeta e intentó ocultar el cuerpo, pero dejó un rastro demasiado evidente, además de testigos. No logro entender por qué se comportó de esa manera, he llegado a pensar que estaba buscando que le mataran. El régimen franquista lo utilizó para ocultar una ejecución política. Nunca he contado esto antes. A parte de mi mujer, nadie conoce este episodio de mi historia. Han pasado veinticinco años, así que supongo que ya no tiene importancia".

Levantó la cabeza y sonrió. Su expresión volvió a ser amable y distendida. Yo estaba algo perplejo. Conocía bien los hechos relacionados con el polaco Heinz Chez y nunca nadie había ofrecido esa versión sobre su identidad. No sabía qué pensar. La historia de Ernst parecía auténtica, con todos esos datos y detalles minuciosos. Así que, con alguna reserva, le creí. O al menos le concedí el beneficio de la duda. Reanudó su trabajo y a los pocos minutos ya había terminado; el calentador, ahora, funcionaba de maravilla. De todos modos me aconsejó que instalara uno nuevo tan pronto como me fuera posible si no quería quedarme sin agua caliente en poco tiempo y, acto seguido, se despidió. Aunque me cayó bien y era una compañía muy agradable, confié en no tener que contratar sus servicios al menos en algunos meses. Y así fue. Mientras viví en el piso de la calle Mallorca no tuve problemas de calentador. Poco después conocí a la que es ahora mi mujer, Julia; de hecho ya la conocía: era una de las chicas que compartían piso encima del mío y que tanto jaleo armaban. Gracias a eso entablamos una relación de amistad que acabó en boda, compramos un piso en la calle Murcia y tuvimos una hija a la que pusimos Clara. Siempre me ha gustado ese nombre. En todos esos años no tuve ninguna noticia de Ernst; al tener un piso nuevo y contar con unas buenas instalaciones no precisaba los servicios técnicos del berlinés. Un sábado por la tarde, mientras disfrutaba de mi paseo habitual y echaba un vistazo por las librerías del centro, descubrí, en la sección de novedades, un libro que me llamó la atención: se trataba de un trabajo de un periodista valenciano sobre la figura de Heinz Chez. Según las explicaciones que ofrecía la contraportada del volumen, el periodista había investigado y descubierto cuestiones del personaje que se habían mantenido ocultas por las autoridades del momento y que nunca fueron desveladas. Me compré el libro y me lo leí ese fin de semana, bajo las miradas recelosas y recriminaciones de mi mujer por ese repentino afán de dedicar todo un domingo a la lectura en lugar de ir a pasear con ella y la niña. Ya había hablado de Ernst a Julia, por tanto no me costó convencerla de la importancia que tenía para mí conocer cuanto antes el contenido del libro. La versión que ofrecía, que ofrece, el libro de Riebenbauer, así se llama el periodista, casaba perfectamente con la historia que me había contado Ernst. Por tanto era cierto que había entrado en España junto a Heinz Chez o Georg Michael Welzel. Me sentí mal por el hecho de haber dudado de él. Me propuse contactar con Ernst tan pronto como me fuera posible. No tenía el número de teléfono del taller de servicio, pero recordaba, aproximadamente, la dirección en el Clot . Tenía curiosidad por saber si Ernst sabía de la existencia de ese libro y, en tal caso, sería interesante saber su opinión y comentar algunos detalles. Ese mismo lunes, después del trabajo, fui en su busca. No me costó mucho encontrar el taller. Me atendió el encargado, un hombre grueso de mejillas y nariz coloradas a punto de jubilarse. No conocía a ningún Ernst y nunca nadie con ese nombre- el cual el orondo encargado era incapaz de pronunciar correctamente- había trabajado allí en los últimos veinte años, tiempo que llevaba el hombre en la empresa. Quizá me había equivocado y ese no era el sitio donde debía buscar. Agotando todas las posibilidades, le ofrecí una detallada descripción a mi interlocutor; con las características físicas de Ernst no había posibilidad de confusión. El encargado reconoció al hombre calvo de dos metros y espaldas anchas: se trataba de Antonio López. Había trabajado con él durante diez años y sabía perfectamente cómo se llamaba y, desde luego, no había nacido en Berlín, si no en Orihuela. Hacía un año que los había dejado. La posibilidad que un hombre de la misma edad y físico de Ernst trabajara como técnico de mantenimiento de calentadores en un taller del Clot y no fuera Ernst era una posibilidad demasiado remota para que la contemplara. Pregunté dónde podría encontrar a Antonio López y el encargado me respondió que en el cementerio del Pueblo Nuevo. Había muerto en acto de servicio, mientras reparaba una caldera de agua en un domicilio particular; según contó el cliente, Ernst o Antonio cayó fulminado sin motivo aparente y ya no se levantó. El resultado de la autopsia determinó que la muerte se produjo por un fallo cardíaco. La noticia me dejó algo apesadumbrado; tenía la esperanza de volver a ver a Ernst y charlar con él delante de una copa de coñac. Pero quedaba la cuestión del cambio de identidad; al fin y al cabo Ernst llevaba muchos años viviendo y trabajando honradamente en el país, no tenía ninguna necesidad de llevar una doble vida. Él mismo me contó que había conseguido la nacionalidad española. También había mencionado el hecho de que estaba casado. Encontrar a su mujer podría ayudarme a despejar la incógnita. De entrada, el voluminoso capataz se negaba a darme la información que le pedía, pero finalmente cedió a mi demanda, al ver que sería imposible librarse de mí si no lo hacía. El domicilio estaba situado en Sant Andreu, barrio populoso no muy lejos de donde me encontraba. Era un edificio pequeño, de dos plantas y cuatro viviendas, justo en frente de la estación de Renfe. Pulsé el timbre del portero automático y me respondió una voz femenina, abrió la puerta y subí a la segunda planta; en el rellano de la escalera me esperaba una chica joven, de no más de veinticinco años. Pensé que podía tratarse de una hija de Ernst; era rubia y tenía los ojos azules, pero el padre de la chica no se llamaba Ernst ni Antonio, ni medía dos metros; su nombre era Pepe y no pasaba del metro sesenta. La muchacha me contó que hacía un año que vivía allí y no sabía nada de los antiguos propietarios; ella y su marido habían comprado el piso a través de una inmobiliaria. Me fui de allí descorazonado, jamás resolvería el enigma del alemán, en el caso de que esa fuera su verdadera nacionalidad. De vuelta al hogar, me senté en el sofá y me serví un Martell. Julia todavía no había regresado de casa de su madre, donde había ido para recoger a Clara. Pensé en mi hija y la suerte que tenía, que teníamos todos de poder vivir en un lugar y en una época donde no hay que temer nada malo si alguien llama a tu puerta en plena noche. Claro que hay otros problemas, pero eso sería otra historia.