LA PENYA

MS SMITH

No me gusta el frío. Al llegar el invierno emigro hacia tierras cálidas. Soy un reptil de sangre caliente. Cuando ms. Smith llegó a mi apartamento estaba oscureciendo. Era una tarde gris de finales de noviembre. Entonces vivía en Barcelona. Había alquilado un ático en la zona alta. Tenía mi equipaje listo y estaba a punto de partir, pero antes debía acabar un trabajo. Ms. Smith había aparcado su BMW justo delante del edificio, como estaba previsto. A esa hora no acostumbraba a haber problemas de aparcamiento. Su marido no venía con ella, se reuniría con nosotros más tarde, en cuanto terminara una importante reunión en el World Trade Center, cerca del puerto Olímpico. Me dirigí a la cocina para prepararle una copa a mi invitada. Un cóctel de ginebra sería lo adecuado, combina bien con los sabores afrutados. Me decidí por un Martínez. Eché media docena de cubitos en el vaso mezclador, una medida de ginebra, 2,5 cl de vermouth negro, una gotas de angostura y un toque de marrasquino, un licor italiano; removí con la cucharilla mezcladora durante diez segundos; vertí el contenido en una copa de cóctel con ayuda del gusanillo, para evitar que el hielo volcara. Con el cuchillo montador corté una tira de corteza de limón; la exprimí con dos dedos encima de la copa y finalmente la eché dentro. Fui hacía el salón y le ofrecí la bebida a ms. Smith. Sorbió de la copa y asintió complacida. Yo me serví un Macallan, mi whisky de malta preferido. El whisky me ayuda a pensar. Me ayuda a vivir. Ms. Smith era una mujer bella, de una belleza exótica y rotunda. Era alta y esbelta, lucía una larga melena negra, tenía los pómulos marcados y la boca grande; sus enormes ojos negros expresaban todo aquello que sus labios obviaban. Era hija de padre inglés afincado en Estados Unidos y de madre india americana, de origen sioux. Ésta había nacido en Pine Ridge, una de las ocho reservas en Dakota del sur y era descendiente de Mahpiua Luta, jefe de los oglala y guerrero que luchó contra el hombre blanco; la biznieta prefirió unirse a ellos, se casó con un inglés millonario. Mr. Smith, veinte años mayor que su mujer, era un hombre de negocios implacable. Era natural de Boston y sólo le interesaba una cosa: el dinero. Habían llegado a Barcelona con el fin de cerrar un trato muy importante. Le preparé una segunda copa a ms. Smith. Mientras esperábamos a un marido que nunca iba a llegar estuvimos charlando sobre nuestras vidas: ella me contó episodios de su infancia y yo inventé un currículum apropiado para la ocasión. En aquel momento representaba el papel de un ejecutivo interesado en hacer negocios con mr. Smith. Al cabo de media hora le ofrecí una tercera copa, que ella rechazó pero que yo preparé igualmente, instante que aproveché para meterme unas tijeras en el bolsillo. Me serví otro malta. Ella acabó aceptando la invitación. Lo bueno del Martínez es que se deja querer. Puedes tomarte tres copas sin despeinarte, pero cuando atacas la cuarta, los efectos se dejan notar de forma fulminante. Justo al terminarse el combinado, ms. Smith me preguntó por el baño y se dirigió hacia él de forma vacilante. Entonces cogí sus llaves del bolso, salí del apartamento y llamé al ascensor: 50 s.; bajé, salí a la calle y me acerqué a su coche, aparcado justo enfrente: 55 s.; abrí la puerta, accioné el mecanismo de abertura del capó, salí del coche, abrí el capó y busqué el depósito del líquido de freno, retiré la protección de goma del tubo que sale del bombín del freno, saqué las tijeras del bolsillo, corté el tubo, cerré el capó y la puerta del coche, 1m.15s.; volví a entrar en el edificio, subí en el ascensor, llegué hasta el ático, entré en el apartamento y metí las llaves en el bolso: 55s.; total: 3' 55''. Ella seguía en el baño. Una mujer con el estómago repleto de líquido y descompuesta necesita más de 3' 55'' para recuperarse. Mientras hacía ejercicios respiratorios para volver a mi estado de reposo, envié un mensaje a través del móvil a mi contacto y éste haría lo propio con mr. Smith. No era conveniente la comunicación directa con éste. Poco después la mujer salió del baño. Estaba ligeramente despeinada y sus movimientos eran lentos. Había perdido la compostura inglesa del padre, lo que hacía destacar la parte india de la madre. Me la imaginé vestida con el traje típico sioux, con una cinta en la cabeza y un tomahawk en la mano, dispuesta a lanzarse sobre mí. Sonrió a modo de disculpa. Me gustó su sonrisa; era una sonrisa de complicidad. Sonó su móvil: su marido había tenido un amago de infarto y se estaba recuperando en su despacho. Estaba solo. Ms. Smith me contó el motivo de la llamada y salió a toda prisa. El alcohol hace aún más previsible a la gente de lo qué es normalmente: no se le ocurrió llamar a un taxi ni pedirme que la llevara. Para llegar a su destino debía conducir por una avenida con pendiente acusada y algunas curvas cerradas. En su estado y conduciendo un coche sin frenos el desenlace sería inevitable. Mr. Smith se haría cargo de la fortuna de su mujer tanto en caso de fallecimiento de ésta como de invalidez. Soy un tipo duro, poco dado a sentimentalismos, pero reconozco que cuando la vi partir sentí cierto desasosiego. Cené un sándwich, tomé otro whisky y me acosté. A las seis de la mañana recibí un mensaje de mi contacto: no había rastro de ms. Smith. No había llegado a ver a su marido, como era previsible, pero no aparecía por ninguna parte. La policía no tenía constancia de ningún accidente en la zona y no habían ingresado a ninguna mujer que respondiera a su descripción en ningún hospital de la ciudad. Me levanté y me preparé un café. Estuve pensando durante algunos minutos y, finalmente, tuve una corazonada. Me vestí y salí a la calle. Su coche seguía en el mismo sitio donde lo dejó el día anterior. Me acerqué. Ms. Smith estaba con la cabeza apoyada en el asiento, con la boca abierta y durmiendo plácidamente. Golpeé el cristal de la ventanilla. Se despertó, me miró y sonrió. Me gustó su sonrisa; era una sonrisa de complicidad. Comprendí que el coche no iba a moverse. Subí a mi apartamento para recoger mi equipaje. Mr. Smith me había pagado bien y exigiría explicaciones, pero yo no estaba dispuesto a darlas. Aunque, bien mirado, siempre podría culpar al Martínez.